Matemáticas ancestrales
Y dicho esto, a lo que iba.
Mi madre y mi hermana volvieron ayer por la tarde, y mi padre y yo tuvimos que encargarnos de limpiar. Bueno, YO tuve que encargarme de limpiar, porque lo más cerca de la aspiradora que estuvo él fue durante la siguiente conversación (y cito textualmente):
Él: Vuelve tu madre, tenemos que limpiar...
Yo: Sí...
Ambos dos: ...
Él: Buenomevoyatomaralgoadiós *se cierra la puerta de la calle*
Y volvió, como los gatos, cuando tenía hambre, para darme dinero para que bajara al bar a pillar comida, que digo yo, ya que él estaba en el bar, ¿por qué no la subió? Misterios misteriosos de la vida, supongo.
El caso es que yo bajé, armado con veinte euros, al bar de turno. Y allí estaba yo, esperando mi ración de rabas y patatas, cuando me hablan dos señores de edad ya avanzada, con sus bastones, sus boinas y sus encías desnudas. Yo, inocente como soy, miré a un lado y a otro. Sí, me hablaban a mí. No había ningún otro chaval con pantalones cortos y sin peinar en el bar. Así que amablemente respondo, y me preguntan que en qué curso estoy, que si he terminado estoy en segundo o en tercero de la ESO. Resoplo. Siempre me pasa igual. Las taquilleras me preguntan que qué edad tengo, la bedela tonta me pregunta a qué curso voy cuando intento salir en los recreos. Pero en ver de coger un cenicero y lanzárselo a la cabeza al viejo más cercano, me armo de paciencia y les digo que no, que ya he terminado la ESO. Y se ve que los hombres se aburrían, o sentían acercarse el final de su vida y deseaban transmitir su sabiduría a la siguiente generación (y con sus nietos no puede ser, no tienen porque fijo que estaban liados), o algo, pero quisieron enseñarme matemáticas. ¡MATEMÁTICAS! Por Dios, no podían enseñarme historia, no. Pero lo mejor de todo es que estuvieron veinte minutos enseñándome a sumar, restar, multiplicar y contar cabras con los ojos cerrados y las manos atadas a la espalda, siempre a partir de la fórmula 1 + 1 + 2 = 5. Jeeeesús. Asustadico volví a casa, pero nada que una tarde de D&D no pudiera remediar.
Ya han salido las listas, ¡horror! El jueves se acerca cada vez más. Vamos, que ya lo tengo encima. Y encima Ylluna tiene que solicitar un cambio de clase, para estar con nostros. A Foxxy la han puesto en nuestra clase, y por supuesto, voy con Meg. Que eso está muy bien, pero yo alargaba el verano otros tres meses. Ains...
Ylluna puede que se vaya, porque trasladan a su padre. La conozco de toda la vida, porque íbamos al mismo colegio, aunque no a la misma clase, y porque no hace tantos años, jugábamos juntos muchas tardes en la Plaza de la farola grande, que ya no tiene farola. Hace poco que nos hemos empezado a conocer de verdad, y aunque es muy cerrada y estoy muy lejos de conocerla, la siento muy cercana. Por eso no sabemos si quemar todas las sucursales de la empresa de su padre, para que no tengan donde trasladarle.
Meg. Está muy contenta desde que sale con Capitanaza, y yo me alegro, porque se lo merece más que nadie en este mundo. Ella la envía mensajes tiernos, y Meg se da de cabezazos contra nosotros diciendo "¡Aaaaaah, qué mona eeeeeesss...!", y da gusto verla así. La verdad es que me muero de envidia, porque como ella hay pocas, y Meg es mi ideal de mujer. O de hombre, quién sabe.
La verdad es que todo está bien ahora, aunque estaría mejor si lográramos arrancar a Bigfoot de las garras de los vascos, que lo tiene secuestrado de lunes a viernes, y nos tiene toda la semana en vilo, como si fuera nuestra Perséfone particular, que al salir del inframundo nos trajera la primavera. Aunque, visto lo visto, tendremos que aprender a montarnos una primavera improvisada de lunes a viernes.
Aunque por lo pronto nos queda más cerca el otoño que cualquier otra estación.



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